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por Alonso Ruvalcaba (texto) y Andrea Tejeda Korkowski (fotos)

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La ciudad se está quejando siempre, siempre está diciendo que se siente incómoda. Es como si prefiriera estar en otro lado. Improbablemente, los fundadores de México establecieron la ciudad en un pedazo de lodo. Luego, sus conquistadores la abolieron como quien destruye a una persona a machetazos. No les bastó esa destrucción. Dijeron: Sobre este pedazo de lodo y sangre realzaremos la ciudad. Y la realzaron.

Pero la ciudad se está reacomodando siempre, siempre como cargada de una contrariedad convulsa, aliterada. Negativa del diseño, del buen plan, de la precaución, la ciudad ha cundido. Y sobre ella han caído lluvias y lluvias; ha sido inundada mil veces (una de ellas, durante un lustro); se ha empuercado, se ha incendiado, se ha envenenado. Sus aguas negras, empujadas por el hombre hacia fuera, quieren regresar al centro, a la base del cuenco que es la ciudad. Una vez, hace treinta y tantos años, la plagó una nube de mariposas negras que emergieron del subsuelo prehispánico y murieron en las calles del centro. Caminar por ahí era pisar una alfombra crujiente de cadáveres lepidópteros y alas rotas.

Peor: la ciudad tiembla. Ninguna amenaza se cierne bajo la ciudad como sus temblores. El cálculo folclórico considera que en la vida de cada individuo que hace suya la ciudad hay al menos cuatro grandes terremotos: al menos cuatro posibilidades de morir demolido bajo un montón de escombros corruptos. Pero el chilango es habilidoso para ocultarse a sí mismo esa verdad. Cada vez que tiembla más allá de los 7 grados, el chilango sobreviviente resetea el reloj del desastre y se da en automático otros quince-veinte años de vida. Existe una extraña necedad en los habitantes del DF. Se niegan a buscar un mejor sitio. Esa negación se llama alternativamente parsimonia, resignación, ataduras, raíces.

Pero esperen: ahora mismo es la una catorce de la tarde, hora del centro de México, 19 de septiembre del año 2017.

Y ésta es la hora del temblor.

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“Como que sentí que había pasado un camión –recuerda Tere, que iba de un trabajo a otro en la Narvarte Poniente–, dije qué camión tan pesado.” Pero un segundo (o menos) después sonó el doble ulular de la sirena y la voz que repite alerta sísmica alerta sísmica, y empezó a temblar en serio. “Primero como que brincaba el piso y luego se hacía así”, dice Tere moviendo la mano horizontalmente, en círculos. “Yo estaba con mi novio en el departamento –habla Scarlett del restaurante Cicatriz, en la Juárez–. Agarramos al perro y bajamos rebotando las escaleras hasta la calle. El asfalto se movía como si fueran olas y el mar estuviera todo picado.” Héctor, conductor de Uber, estaba en alguna calle de la zona de Virreyes. El árbol de atrás a su izquierda como que se le iba a caer encima. Se bajó del Versa y caminó en el sentido de los coches, detenidos todos. Del auto de adelante salió un hombre, se dejó caer de rodillas y comenzó a rezarle a su dios invisible. “Cálmate –le dijo Héctor–, estás bien pálido.” Lo dijo extrañamente, como si la complexión de su tez fuera relevante en ese momento. Sobre eje central, a la altura de Independencia, otro hombre, un anciano, se hincó y alzó los brazos. El edificio del Fan Center empezó a tirar pedazos de la fachada. La Latino parecía hacer una reverencia apocalíptica. Una mujer, en el camellón de Tamaulipas, tomó del brazo a un desconocido y dijo: “Está de la verga está de la verga está de la verga.” Más de uno pensó: esto es el fin del mundo. En la Narvarte, Tere se había refugiado bajo un árbol, los puños juntos frente a su pecho. Un perro llegó corriendo y se sentó, trémulo, junto a ella; pero junto junto. Entonces terminó el temblor, aunque la sensación de que seguía temblando duró varias horas o varios días más. Llorando, Tere acarició al perro ese y le dijo, tal vez en silencio, Yo no sé pero tú me cuidaste. Ya era la una quince de la tarde.

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En cuanto el polvo de los edificios derrumbados se asentó, cuando el aliento fue recuperado o los pies volvieron a ser puestos sobre el piso, cuando por whatsapp llegaron noticias suficientes de bienestar familiar, sólo unos minutos después de la una catorce, algo pasó adentro. Algo urbano, capitalino, primordial. Los chilangos se despertaron. Pensaron: ¿Cómo ayudo? o ni siquiera lo pensaron: ayudaron.

En las horas y los días siguientes del temblor, centenas de restaurantes del DF se volvieron fuentes de ayuda. Hablar de uno es dejar de hablar de todos los demás, lo cual parece una terrible injusticia, pero tengan el caso de Cocina Leo, allá por el trágico colegio Rébsamen. El encargado y sus dueños, la familia Ramírez, se lanzaron al sitio del derrumbe para ayudar a la remoción de escombros, y cuando las autoridades y el duopolio se apañaron el megáfono y muchos voluntarios tuvieron que retirarse, el equipo de Leo se organizó y se convirtió en un restaurante gratuito no sólo para alimentar a miembros del ejército, rescatistas, voluntarios y periodistas que se congregaron en el Rébsamen, sino también para ofrecerles un lugar para descansar o tomar asiento, cargar los teléfonos, usar internet. Al menos durante una semana Cocina Leo funcionó como comedor comunitario. Vació su despensa, nunca apagó la luz ni los fogones. Fue tanta su generosidad y tan difíciles los días posteriores –muchos edificios de la zona fueron acordonados, lo cual complicó aún más la llegada de los clientes– que en octubre Cocina Leo se vio ante la muy real posibilidad de cerrar sus puertas para siempre.

La historia tiene un final relativamente feliz, si no es odiosa la aparición de ese adjetivo en cualquier asunto concerniente al temblor. Alma, profesora de la UNAM, acudió a las labores de rescate en el Rébsamen. En algún punto fue a comer a Leo. “En cuanto llegué me di cuenta de la solidaridad de sus dueños y trabajadores”, dice. “Llevaban días abiertos, cocinando día y noche para poder contribuir de alguna forma a alimentar a aquellos que buscaban niños entre los escombros.” Entonces, como quien se incorpora a un ejército extranjero porque sabe que su lucha es la correcta, Alma se pasó del otro lado del mostrador y se puso a cocinar. “Nunca había cocinado, no tenía contemplado aprender a utilizar el sartén y cuchara. Pero ésa fue la magia de lo que ocurrió estos días en nuestra ciudad.” Cuando Cocina Leo consideró cerrar, Alma creó una campaña en Donadora para juntar 50 mil pesos que sirvieran para cubrir salarios, gas, agua, luz. Juntó 76,657.

(El destino de Leo fue venturoso, pero lo cierto es que la hora del temblor es también la hora de los restaurantes que sucumbieron: aquellos que se derrumbaron o quedaron inutilizables o se acabaron sus ahorros; aquellos cuyos dueños nunca regresaron; aquellos que ya vivían en la desesperación y el temblor los arrumbó al cierre. Si lo piensan, en realidad todas las cosas nacen muertas.)

A 16 kilómetros del Rébsamen, la Roma y la Condesa padecieron muchísimas bajas. Y recibieron muchísima ayuda. Pasillo de Humo venía encarrerado de ayudar a sus paisanos oaxaqueños tras el sismo del 7 de septiembre –qué mes, qué mes tremendo y aciago y triste fue septiembre–, entonces simplemente metió segunda y se convirtió en parte fundamental de la ayuda para la zona, en mancuerna con otro restaurante de su grupo, Mexsi Bocú. Por alguna razón, que probablemente tiene que ver con sus sólidas redes sociales, Mexsi se volvió más que centro de acopio, más que cocina comunitaria, más que puerto de distribución de comidas preparadas. Fonda Garufa, uno de los restaurantes que en los años noventa inauguraron la Condesa como la conocemos hoy, también distribuyó ayuda y, cuando las ondas telúricas hubieron pasado temporalmente, puso a la venta una taza diseñada por Marco Colín, cuyas ventas se fueron por completo a apoyo a damnificados. Forever Vegano, como un montón más, se replanteó como centro de acopio.

Preparar comida (tortas, sobre todo: la torta es sabia; es comida de trabajo, de faena: comida de supervivencia) y regalarla se volvió la forma más a la mano de echar la mano. Lo hicieron Nudo Negro en la Roma, el Camarón de Revolución en la colonia Escandón, Garum en Polanco y, casi naturalmente, el muy joven restaurante Tortas Atlixco en la Condesa. La plegaria era más o menos la misma: “Necesitamos bolillo o pan de caja, jamón y atún, mayonesa y mostaza, bolsas para empacarlos, manos para trabajar.” Y los había: había todo eso para repartir. Quién sabe de dónde salía: esta ciudad es pobre pero donde come uno comen dos y así hasta la milagrosa multiplicación de los panes y los pescados. El viejo Pujol (el de Petrarca) reabrió de alguna forma para distribuir tamales. (El nuevo Pujol donó cien mil pesos; Eno, del mismo grupo, cincuenta mil.) Una camioneta de Quintonil iba y venía del restaurante a centros de acopio para dejar producto. Para el domingo 24 de septiembre Contramar había regalado unas 6,000 comidas. Además de juntar lo que pudo (latas de atún y jitomate, mantequilla de cacahuate, azúcar, sal, harina, comida preparada) y llevarlo a un centro de acopio, Cicatriz tomó un camino lateral. Abrieron al día siguiente para ofrecer una pizca de normalidad. “Les invitamos cafés a nuestros clientes –dice Scarlett–, mezcales. Los escuchamos.”

Y miles –miles, literalmente– de restaurantes, cafés y fondas más ayudaron también. Montaron letreros fosforescentes que decían COMIDA GRATIS o CAFÉ GRATIS o CENTRO DE ACOPIO. O pusieron una mesita afuera con pan Bimbo y latas de atún y los paseantes la completaban con otras cosas: más latas, bolsas de arroz, sábanas, pañales. Como Cocina Leo, son restaurantes que no existen en redes sociales: existen en su cuadra o en su manzana. Ni siquiera vale la pena intentar nombrarlos porque su esfuerzo era anónimo y completamente altruista: no buscaba reconocimiento: buscaba al otro y ya. (Un escritor, hablando del terremoto de 1985, cuando fue voluntario para ayudar en el rescate, recuerda: “Cuando nuestras fuerzas comenzaban a flaquear, una señora se acercó para darnos un plato de sopa. Era la típica sopa de las fondas mexicanas: pepitas de pasta con higaditos de pollo. Nunca un guiso me produjo una emoción tan fuerte: ante la desesperación y la impotencia, no hay mejor remedio que el plato de sopa que te regala un desconocido.” En el temblor de la ciudad de México –éste y los pasados y los que vendrán, que son el mismo temblor incesante y asesino– el otro cobra una realidad detalladísima, casi intolerable.)

Luego, en otro piso de la pirámide, mujeres y hombres que son su propio negocio donaron también. Doña Caty puso su mesa de siempre con tortas y lonches en Eugenia y División del Norte. Todo gratis. Carlos movió su bici con tacos de canasta de donde suele estar –Gabriel Mancera y Torres Adalid, por el Oxxo– a Mancera y Eugenia, sitio de uno de los varios derrumbes de la del Valle. Todo gratis. Un par de taqueros llevaron un trompo de pastor a los alrededores de la Unidad Tlalpan. Los veía uno ahí, cómodos chambeando en la banqueta, como en una taquería que llevara muchos años. Todo gratis. Un señor cuyo nombre nadie registró llegó con su triciclo y resonó su pregón de tamales oaxaqueños en Chimalpopoca la noche del 19 o el 20 o acaso las dos (todos esos días son un plasma indiscernible en la memoria) y dio a quien quisiera lo que quisiera. Todo gratis.

Yo lo vi.

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La ciudad está reacomodándose siempre. Es como si no quisiera que la habitaran, como si quisiera ser dejada sola bajo su cielo color gris. Y no la dejan sola. Sus habitantes ejercen la impertinencia de quedarse, como si la retaran a sacarlos. Y ella no puede sacarlos. Unos a otra se detestan. Ellos son inclementes: la contaminan, la talan, la matan. Ella es inclemente: los hunde, los escombra, los ahoga. Pero en los días extraños, hermosos, terribles de la segunda quincena de septiembre, 2017, ambos se asomaron juntos a un abismo negrísimo, se sostuvieron agarrados de la mano de un filito tembloroso y nomás no se dejaron ir.~



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Algunas notas sobre fuentes

Teresa Quintos Cruz, trabajadora doméstica, entrevistada el 16 de octubre, 2017; Héctor Fernández, conductor de Uber, entrevistado el 13 de octubre, 2017. Las citas de Scarlett Lindeman, del restaurante Cicatriz, están tomadas de ‘I’m a Restaurant Owner in Mexico City. After the Earthquake, I Went to Work’, aparecido en Eater, octubre 5, 2017. La cobertura de Eater de lo que sucedió en el DF en materia de comida en el temblor, junto con el texto de Lindeman, incluyó una nota sobre la ayuda proporcionada por varios restaurantes (enfocada en Contramar y Cocina Leo), otra sobre Papa Guapa, un restaurante que tuvo que cerrar tras el sismo, y una más sobre vendedores callejeros en la Condesa. Échenles un ojo. Para leer sobre Cocina Leo, además de Eater, está la página de Donadora dedicada al proyecto, montada por Alma Maldonado-Maldonado: ‘Cocina que ayudó al Colegio Rébsamen en peligro de cerrar’. Sobre la voz que dice “alerta sísmica” hay datos en el New York Times: ‘La voz detrás de la alerta sísmica’ de Daniel Melchor, febrero 19, 2018. Los datos sobre Pujol y Eno vienen de una microentrevista con Enrique Olvera, uno de sus propietarios, por whatsapp. Desde Nueva York, su restaurante Cosme donó 15,000 dólares a la causa. El escritor que habla del terremoto del 85 es Juan Villoro en el prólogo de Mexico from the Inside Out (Phaidon, 2015).

Twitter fue una fuente incansable de señales para revelar ayudas grandes y pequeñas durante los días posteriores al temblor. La mayoría de los datos que aparecen en este capítulo proviene de ahí y de los muros en facebook de los restaurantes mencionados. @buhosaid fue, probablemente, el primero que habló de Carlos, el taquero de canasta mentado en este capítulo; @Jairss17 dio con sus coordenadas. @el_beat agregó a doña Caty a la conversación. (Luego twitter volvió a ser twitter, qué se le hace.) @chispitabrown documentó a los taqueros de pastor afuera de la unidad habitacional Tlalpan. Animal Gourmet recopiló en un post algunos restaurantes/centros de acopio: ‘Sismo en CDMX: Ayuda a preparar y transportar comida para rescatistas y voluntarios’; Time Out también: ‘Lugares con alimentos y víveres en apoyo al sismo de la CDMX’. Seguro muchísimos más. La revista HojaSanta reunió en twitter toda la ayuda a su alcance; luego, en la segunda semana del desastre, se convirtió en una cocina que envió al menos 300 comidas al día a albergues. Todos pusieron de su parte, salvo los pinches políticos corruptos que nomás se estuvieron parando el cuello y diciendo pendejadas para encubrir sus transas. Hijos de su puta madre.