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Este libro nació porque ya le tocaba en Frente.

Frente (La Ciudad de Frente era su nombre completo) vivió de 2012 a 2015 y fue una revista fantástica en que había una libertad básicamente total. No quiero adjudicarlo a descuido sino a que los editores tenían una simpatía impar hacia los escritores, los ilustradores y los fotógrafos. No sé a los demás pero a mí nunca me dijeron no. Uno entregaba sus textos cada quincena y esperaba que de alguna forma fuera tocada una fibra no en los lectores, lo cual es casi imposible, sino en el tejido de las revistas chilangas, lo cual es arduo pero factible. Frente está ahí donde están Contemporáneos, Taller, Snob, Paréntesis, dF, pero fue un poquito más sabia que ellas –al menos sobrevivió muchos números más–. Frente entendía la ciudad. La ciudad está rompiéndose siempre, y como la ciudad Frente siempre estaba a punto del quebranto (económico); pero diré: en ‘Comida’, que era mi sección, los editores aceptaron absolutamente todo. Un crítico adverso a Frente podría decir: no había edición. Un crítico favorable podría decir: había edición, pero ponderaba la opinión y el estado de ánimo de sus autores. Yo sé que a mí me dejaron decir cualquier cosa sobre televisión, sobre cine, sobre comida o sobre otras revistas por la peregrina razón de que yo creí que esas cosas podían decirse.

Consideren la vez en marzo de 2015 que Rulo y Felipe Soto, director y editor de la revista, me citaron porque “ya le tocaba” a la sección ‘Comida’ tener una nota de portada. (La verdad es que yo nunca iba a las juntas editoriales, a menos que fueran reclamadas así: personalmente. Otra libertad que me permitían.) “Tacos” y “Los primos de los tacos” eran dos asuntos que habían estado flotando en el ambiente y habían sido discutidos y casi inevitablemente terminarían en una portada. Obvio. Pero yo llegué con una propuesta mucho más humilde.

“Yo soy Dios”, les dije, porque así debe uno comenzar las juntas con sus jefes. Sorprendentemente, no escupieron el café o la cuba disfrazada de café que se estaban tomando. “Yo soy Dios y un día cualquiera –hoy mismo, para no ir más lejos– me siento en la orilla de la azotea de la torre Latino y contemplo mi ciudad. Mi Obra. Lo hago desde temprano. Volteo y miro cómo se despiertan los mercados, escucho el rumor del aeropuerto, veo a la gente ir por jugos, comprarse sándwiches afuera de Relaciones Exteriores.” Hoy es todos los días. Es domingo: a eso de las doce la gente baja por barbacoa. Es lunes: a las siete de la noche la familia va a la panadería y afuera compra unos esquites. Es viernes: a las cuatro de la tarde forman un grupo y se dirigen a una cantina en el eje 1. Yo los escucho a todos y los distingo, pero ninguno representa un interés específico para mí, porque todas son mis creaturas y mi indiferencia se derrama por igual sobre todas ellas. (¿O es mi amor lo que se derrama? Me perdonarán haber crecido como niño cristiano. Eso no se quita nunca.) La vida y la muerte en la ciudad no significan nada: al contemplarlas declaro su existencia; eso es todo. Y en este día en particular lo único que pasa por mi mente es comida y entonces hago lo que hace Dios con naturalidad, sin proponérselo: un catálogo de un día de comida en la ciudad.

“¿Cómo ven? ¿Les late pa portada?”

No mames, claro, échatelo, dijeron Rulo y Felipe, para mi desgracia. Y siguieron varias semanas, con la ayuda metódica y valuable de José Manuel Velasco (que era una especie de coeditor de ‘Comida’ y otras secciones y quien espero haya conseguido una chamba que lo haga millonario), en que reunimos voces que hablaban de comida y las esparcimos en unos veinticinco mil caracteres. El texto fue publicado y se hizo de lectores, algunos de los cuales dijeron: “De ahí sale un libro.” Éste es el libro.

Las voces que se escuchan a lo largo de 24 horas de comida en la Ciudad de México vienen únicamente con el nombre de pila de quien las emite. Porque no quise que sus apellidos las contaminaran de realidad o de influencia, todos en este volumen están caracterizados por el sustantivo que los nombra y acaso una o dos palabras más. Carlos Slim es un señor llamado Carlos, ingeniero, y Josué Elizalde es un joven llamado Josué, estudiante de teatro allá en el CUT. Tomé de todas partes esas voces. Hubo decenas de entrevistas –unas quince las hizo José Manuel, carnal, donde quiera que estés: gracias–, pero también estaba toda la hemeroteca de la ciudad para regar ese chopo: libros, revistas, blogs, redes sociales, videos en youtube, chats guardados en mi teléfono. Aparentemente, todo el tiempo estamos hablando de comida. He reunido en un capítulo final las fuentes de las que abrevé, bebí, comí o plagié. Ahí hay apellidos, por si a alguien aún le interesan esas cosas. Notarán que algunos capítulos se basan más preponderantemente que otros en opiniones ajenas. La ciudad, como el Ulises de Joyce, siempre se conoce de manera parcial. Todos contribuimos a conocerla, a darle su forma pública. Fuera de esta introducción y de las notas finales, en todo el libro sólo hay una oración en primera persona que me corresponda a mí, y es porque no pude resistir el efecto dramático. (Búsquenla. Quedó bien bonita.)

Por supuesto nada se crea en el vacío. 24 horas de comida tiene sus antecedentes. La revista Saveur, que mientras escribo esto está muriendo como Frente murió, publicó en mayo de 2014 un especial: ‘A Day in Food’. Los escritores de ese número no cometieron la tontería de creerse Dios, pero la idea es más o menos parecida, aunque ellos recorren el mundo, no la ciudad, y sus apuntes son todavía más esbozados que los de este libro, además de que incluyen recetas. En 24 horas de comida hay más de un párrafo considerablemente tomado de Suspiria de profundis (1845) de De Quincey. Hasta me da pena mencionar Down and out in Paris and London de Orwell (1933) porque cualquiera puede ver la filigrana que se coló aquí. (Traducción: que me planché.) Ojalá que alguien recuerde la Historia general de las cosas de la Nueva España, que Bernardino de Sahagún compuso en el siglo XVI, cuando lea el volumen que tiene en las manos. En cine existen sinfonías de ciudades tanto documentales (Manniskor i stad, 1947) como ficciones (Naked City, 1948). Pero la verdadera madre de 24 horas es London: The Biography (2000) de Peter Ackroyd. Ese libro es interminablemente más ambicioso, pues su retrato es de una vida, no de un día, pero el procedimiento es similar. London considera la ciudad como una cosa que existe y solicita una definición: nada más. Este libro también. He querido acercarme a la capacidad de Ackroyd de definir la ciudad. Es casi imposible –el caballero ha leído todo–, pero algo se habrá logrado.

En sólo un aspecto 24 horas de comida es muy superior a London: The Biography. Las fotos de Andrea Tejeda. Tienen toda la textura a la que aspira este libro, toda la riqueza; mírenlas bien: piérdanse en ellas. Son como la ciudad.

En fin. Puedo decir que hubo semanas en que este libro me atribuló tanto que por las noches soñaba en su ‘dialecto’, que no es necesariamente chilango pero algo tiene de la necedad sentenciosa, definitiva, que según yo usamos muchos chilangos para nombrar lo que se nos pone enfrente. (O tal vez soy yo, y ése es mi idiolecto.) También puedo decir que a veces, cuando estoy contento, pienso que la prosa de 24 horas de comida delata su parentela con el sentencioso, definitivo London: The Biography. Sé que no, pues, pero me dejo engañar para poder quedarme dormido.

Ya va a empezar un día de comida en la ciudad. Ustedes tranquis. Nos vemos mañana.~

–Alonso Ruvalcaba